Anotaciones Callejeras
Parece mentira las cosas que veo… aquí en Salto.Por ejemplo, pese a la obra importante y seria de Comité Dptal. de Emergencia y el capítulo salteño del Mides, en estos noches gélidas, se ven bajo precarios refugios armados, durmiendo a gente en situación de calle. La mayoría esta siendo atendida, pero siempre hay algunos que se escapan al control de las autoridades. Al parecer son rebeldes que no desean ir a los refugios. La cuestión es que se entra temprano y hay normas que se hacen cumplir a raja tabla.
Nunca más la infamia del terrorismo de Estado
El 20 de mayo de 1976 quedó grabado para siempre como una de las fechas más oscuras y dolorosas de la historia contemporánea del Uruguay. Ese día, en Buenos Aires, fueron secuestrados, torturados y asesinados los legisladores uruguayos Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, víctimas de la maquinaria criminal del terrorismo de Estado que operó bajo el amparo de las dictaduras del Cono Sur. Sus cuerpos aparecieron abandonados dentro de un automóvil, maniatados y acribillados a balazos. Aquella escena sintetizó el grado de degradación moral al que puede llegar un régimen cuando el poder se coloca por encima de la ley, de la dignidad humana y de la vida.
La Frase /
Fernando Pereira, presidente del Frente Amplio
"probablemente, no estemos haciendo buena gestión política de los avances... No hay que apresurarse, ni cuando una encuesta da mal ni cuando una encuesta da bien, naturalmente, sí hay que ocuparse", afirmó.
Lo dijo el 20/05/2026
Entre la memoria y la utilización política
El debate sobre los desaparecidos y la memoria reciente del Uruguay vuelve periódicamente al centro de la discusión pública. Y cada vez que eso ocurre, el país parece revivir una grieta que, lejos de cerrarse, continúa alimentándose desde posiciones extremas y visiones parciales de la historia. Declaraciones de la senadora Graciela Bianchi volvieron a poner sobre la mesa un tema tan sensible como complejo: el uso político del pasado reciente.
Revólver en el cajón
El 5 de marzo de 1985, Enrique Tarigo tomó la presidencia del Senado y pronunció un discurso que no tenía nada de protocolar. Dijo, sin rodeos, que si la prepotencia de la fuerza volvía a disolver el Parlamento, no saldría del recinto sino muerto. Y que la última bala la reservaba para sí mismo. No era metáfora. Ese mismo día guardó un revólver y una cajita de balas en el cajón del escritorio vicepresidencial.